por Susana Paz
Cuando Emma Lam Osnaya cumplió 10 años empezó a trabajar en el taller de su papá arreglando amplificadores de sonido para sinfonolas. Soñaba con ser ingeniera en electrónica, pero su camino sería distinto. Se convertiría en una reconocida matemática que está a punto de cumplir 50 años de labor docente en la Facultad de Ciencias (FC) y que recientemente fue galardonada con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz otorgado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
En su camino ha estado rodeada por hombres y mujeres que han sido determinantes en su vida. Uno de ellos fue su padre, quien tenía un taller de reparación de radios y de amplificadores de sonido para sinfonolas.
La otra fue su maestra de Geometría Analítica en la prepa 5, la maestra Brisia Ramos, quien la acercaría al mundo de las matemáticas y sería su inspiración al elegir carrera.
La maestra Lam nació en la Ciudad de México el 19 de abril de 1955. Ingresó a la UNAM en 1970 para estudiar el bachillerato y después la licenciatura en Matemáticas en la FC, en donde cursó también la maestría en Ciencias Matemáticas.
Ha impartido cerca de cien cursos a nivel licenciatura en la Facultad y más de 20 de apoyo para profesores de nivel básico en San Luis Potosí, Michoacán y Veracruz.
Es coautora de toda la serie de libros de texto para bachillerato: Álgebra, Geometría Analítica, Geometría Analítica y Trigonometría, Cálculo Diferencial e Integral, Temas Selectos de Matemáticas y Probabilidad y Estadística, publicados por Pearson Educación. También colaboró en cuatro libros de divulgación y otros más, de apoyo para profesores de educación básica, entre ellos: Puntos rayas y caracoles, Fracciones divertidas y El azar y los datos, para un total de 31 libros incluyendo reediciones.
Colaboró en la publicación semanal La Jornada Niños, con 189 publicaciones entre 1993 y 1998. Ha impartido más de 250 conferencias, incluyendo ponencias en congresos nacionales e internacionales. Obtuvo la medalla Gabino Barreda en 1980.
Es coautora del curso Álgebra básica, que se encuentra en línea actualmente en la plataforma Coursera-UNAM y que ha sido reconocido como uno de los más populares en español, encontrándose entre los 250 más populares de todo el mundo, y que cuenta con más de 210 mil alumnos activos y cerca de 13 mil lo han concluido.
Creado en 2003, el Reconocimiento “Sor Juana Inés de la Cruz” fue otorgado este año a 92 académicas sobresalientes con el fin de visibilizar los aportes que las mujeres hacen a la institución y rendir homenaje al talento y el esfuerzo de profesoras e investigadoras cuyo desempeño ha contribuido al desarrollo de las funciones sustantivas de la universidad: la docencia, la investigación y la difusión de la cultura.
En entrevista, la maestra Lam habla del camino que la ha llevado a tener una carrera docente llena de satisfacciones y una vida en la que ha sorteado retos y desafíos que la hace una mujer y matemática feliz, con numerosos proyectos en puerta, dispuesta a seguir enseñando y contagiando el gusto por las matemáticas.
“Mi papá fue un hombre muy trabajador. Empecé a los 10 años a trabajar con él, era su ayudante, me tocaba ir a comprar los refrescos, las tortas, todo lo que hiciera falta. Poco a poco me enseñó a comprar las refacciones que necesitaba, y un poco más adelante, quizá a los 13 años, empecé a hacer el embobinado de transformadores. Desde ese momento me quedé en el taller y ahí tenía siempre trabajó con él al mismo tiempo estudiada”.
Nunca tuvo ningún problema en sus estudios, tanto en primaria como secundaria pasó muy bien. En matemáticas también le iba bien pero nunca fue una alumna “excelente”.
Fue cuando cursaba la Escuela Nacional Preparatoria 5 que tuvo su primer “encanto” con las matemáticas, cuando en el segundo año conoció a su profesora de geometría analítica, la maestra Brisia Ramos.
“Me gustaba verla porque tenía un entusiasmo fuera de serie, nos enseñaba siempre con un gusto enorme y eso me encantaba. Fue entonces que llegó el momento de elegir una carrera, mis papás, aunque no eran profesionistas, siempre nos decían: tienen que estudiar. Recuerdo muy bien una frase de mi padre que decía: eres mujer y si quieres trabajar piensa que no lo vas a hacer al lado de los hombres, lo tienes que hacer a veces en contra de ellos, porque no es fácil, los hombres estamos acostumbrado a decir cuál va a ser el ritmo de trabajo, cómo se va a hacer, a la mayoría no les gusta tener una mujer arriba de ellos. Pero lo que va a hacer hazlo de la mejor manera, si decides que te vas a dedicar a ser barrendera, muy bien, pero tienes que ser la mejor”.
Por la influencia que tenía de trabajar en el taller de su papá, lo que la maestra Lam quería era ser ingeniera en el área de electrónica, porque en el taller trabajaba con muchos ingenieros.
“Pero me topé con pared porque mi papá dijo: estudia lo que quieras, menos ingeniería. Y yo de verdad me sentí invadida por una gran tristeza porque decía, yo quiero ser ingeniera, pero él me dijo: piénsalo, ahí no vas a encontrar mujeres, todos son hombres, qué vas a hacer ahí. Estamos hablando de hace más de 50 años y nosotras no nos atrevemos a hacer algo que nuestro papá dijera no. Si yo viviera en esta época estoy segura de que estaría estudiando ingeniería”.
Entonces empezó a buscar opciones, a analizar y descartar. Pero no encontraba ninguna que la convenciera. Estaba obsesionada con ser ingeniera, pero la decisión estaba tomada. Fue entonces que recordó a Brisia Ramos.
“Yo pensaba, quiero ser como ella. Era una mujer maravillosa, y entonces dije, voy a estudiar matemáticas. ¡Pobre de mi papá, casi lo mato, cuando dije voy a estudiar matemáticas! Su cara de verdad se descompuso cuando me oyó y me dijo: ¡cómo crees que matemáticas, de qué vas a vivir, qué vas a hacer. Yo no lo sabía, pero tampoco me importaba; pero como él era hombre de palabra y ya había dicho lo que sea, menos ingeniería, aceptó, no sin antes decirme que mejor estudiara medicina, como mi hermana”.
Fue que llegó a la Facultad de Ciencias en donde encontró a grandes maestros, algunos de los cuales ya no están, pero todos eran sensacionales. Durante la licenciatura no dejó de trabajar en el taller haciendo embobinados.
“Estuve en el taller hasta que terminé con las materias de la carrera. Y creo que fui muy feliz en esa época, pero no tanto como cuando al terminar decidí inscribirme a la maestría, eso fue lo mejor, en ese momento, mi papá me dijo: tú ya no trabajas en el taller, sentí horrible porque decía, me está corriendo, pero decía, ni modo, mi primera chamba y me corrieron, claro, me corrían más de 10 años después”.
Hizo la maestría en el Instituto de Matemáticas. Ya era ayudante de profesor y en 1979 obtuvo una plaza de profesora.
“Desde entonces disfruto de esta institución generosa, que nos forma. Para mí ha sido una vida fácil, qué bendición el que haya sido todo providencial, fue todo saliéndose en el momento que yo necesitaba que saliera”.
— ¿Qué es lo mejor de dar clases?
—Algo que es reconfortante y que vale la pena, es que cuando el tiempo pasa encontramos por alguna razón, a veces increíble, a alguien que nos dice: “tú fuiste mi maestra”. Y nos platican lo que hicieron, y decimos, valió la pena. Algo que me encanta cuando un alumno llega y dice, “vengo a despedirme de ti, porque me voy al extranjero a hacer un posgrado”, y cuando regresan es realmente decir, vale la pena.
Yo tuve la suerte de encontrarme con mi maestra, tuve la suerte de reencontrarla cuando ya era matemática; ahora ella ya no vive, pero donde esté yo voy a estar agradecida siempre, porque fue ella. El día que la encontré, se lo dije, tú eres la culpable de que haya estudiado matemáticas, muchas gracias, porque fue maravilloso.
Con mi compañera matemática de la FC, que es mi amiga de toda la vida, Elena de Oteyza, decíamos, quizá no todas las personas se dan cuenta de que la satisfacción que tiene un deportista cuando llega a la meta es la misma que sentimos nosotras cuando resolvemos un problema, y hay veces que de verdad nos cuesta y al final podemos decir, fue maravilloso, quiere decir que tiene un encanto excepcional aprender, estudiar y hacer matemáticas.
— ¿Cómo hacer una vida personal y profesional con éxito?
—Creo que ahí fue desde casa, mis papás eran personas muy conscientes y apoyadoras, sin duda, entonces ellos se daban cuenta de lo que pasaba, no he olvidado a mis papás, justo en el inicio de la carrera, cuando en algún momento no sé qué vieron en mí y me dijeron, oye, si crees que no puedes eso se vale equivocarse, y se vale cambiar, y dije no, yo estoy bien, yo quiero eso. Pero ellos estaban preocupados porque de pronto me pasaban cosas muy raras: Yo tenía que resolver problemas de tarea, y me quedaba mucho tiempo pensando en eso, y a veces me dormía pensando en eso, y seguramente soñaba y me levantaba a escribir algo, y ellos se daba cuenta y eso era alarmante para ellos. Yo les decía, es que a veces me ha pasado que cuando despierto ya no me acuerdo, entonces por eso me paraba y escribía, pero para ellos eso era alarmante.
Y al final, puedo decir, esos miedos que tenían mis papás de que me muriera de hambre pues no me pasó. A ellos siempre les reconfortó verme feliz, yo soy muy feliz haciendo lo que hago, y creo que eso compensa cualquier situación, eso permitió que siendo adultos seriamos muy cercanos. La persona más cercana a mí, fue mi padre, no mi mamá, y ellos vivieron juntos todo el tiempo, los tuve a mi lado, pero seguramente en la infancia el permanecer trabajando al lado de mi papá fue lo que me hizo estar más cerca de él, y estuve con él hasta el último suspiro.
Él no era un hombre especialmente cariñoso, o que nos dijera abiertamente algo, era alguien muy mesurado, a mí me bastaba con sentir su mano en mi hombro cuando me decía, “muy bien”.
— ¿Cómo es ser mamá y profesionista?
—Tuve la suerte de trabajar en una institución tan generosa como la UNAM. Pude reincorporarme cuando mi hija salió del hospital. El tener trabajo en la Facultad es lo que me sacó adelante. Si me hubiera encerrado con mi hija hubiera enloquecido, era muy complicado. Nació con una enfermedad complicada. Pero ella fue avanzando, hoy puedo decir que mi hija, contrario a lo que podía parecer, hizo una carrera universitaria, terminó la carrera, terminó con las materias, se tituló y después algo que pensé que no iba a suceder: tuvo un hijo.
Tengo como regalo un nieto, tiene 13 años, justo en estos momentos digo qué horror, tuve la enorme suerte que aún con los problemas de mi hija él sea sano, ha sido mi compensación y la de ella, por todos los esfuerzos que hicimos juntas, aquí seguimos ambas en este mundo, hemos sobrevivido juntas gran cantidad de problemas, pero seguimos.
He sido favorecida en muchos momentos, tuve oportunidad de ser Secretaria Académica de la FC, primero con el doctor Luis Fernando Magaña, luego con el doctor Ramón Peralta y Fabi, después Secretaria General. Y lo que la Facultad de Ciencias y la universidad me han enseñado con nada lo pago, el aprendizaje, con todo ese trabajo académico administrativo, con nada lo pago.
—¿Cuántos techos de cristal tuvo que romper para llegar a ser matemática?
—Soy una mujer afortunada, realmente no he tenido problemas de ningún estilo. Cuando platico con algunas personas, y me dice una amiga, fíjate que yo sí recuerdo alguien un poco mayor que estudió ingeniería y se enfrentó a que cuando llegó no había ni baños para mujeres. Yo digo, caray, yo he vivido en otros mundos, he vivido en un mundo en el que primero, a los hombres no los he visto nunca como una competencia, no me han maltratado, porque digo, faltaba que me dejara, también, si a mí alguien me hubiera maltratado hubiera sido muy brava.
Realmente de verdad he sido más que afortunada, pero sé que las mujeres han tenido que recorrer un camino difícil para llegar a lo que tenemos hoy, ahora tenemos protección en muchos sentidos, y es algo que se agradece y creo que lo que nos toca es cuidar eso y pensar en una igualdad. Efectivamente, yo quiero que me respeten, pero estoy obligada a dar el mismo respeto a los demás.
—¿Cómo recibe este reconocimiento?
—Lo recibo con un enorme agradecimiento, pero tengo que confesar que nunca he hecho algo aquí esperando un reconocimiento, lo único que hecho es el trabajo que he creído es el correcto. Y a lo mejor pisé callos, pero nunca fue intencional. Uno siempre tiene que hacer lo que cree que es lo justo y lo que corresponde, y no lo hice buscando un reconocimiento. Es más, este tipo de cosas no me gustan, las ceremonias me cuestan trabajo, me siento a veces hasta incómoda, pero lo agradezco desde lo más profundo de mi corazón.
Cuando pienso en cómo estoy ahora, creo que estoy cerca del final, que se acerca el momento de tener que dejar esto que me gusta, tengo una edad en la que en cualquier momento se puede acabar algo. Uno dice ¿hasta cuándo quiero estar aquí? Quiero estar aquí hasta que tenga salud, proyectos para realizar y tengo la energía para hacerlos. Por mi edad pienso, caray el fin está cerca, ojalá que no mucho, ojalá que pueda seguir disfrutando.
—¿Qué les dice a los estudiantes que quieren estudiar matemáticas?
— Que deben pensar en ser siempre mejor en lo que sea. Y acercarse a alguien que sea feliz haciendo matemáticas, para que pueda mostrarles qué cosas bonitas hay detrás, porque hay muchas cosas bonitas, en el área que quieran, y seguro hay alguien que disfruta mucho y que les puede platicar experiencias bonitas al respecto.